No tengo la sal, pero tengo mis manos inquietas que me invitan a exfoliar la savia de este árbol que hoy se encuentra alicaído, pero intacto, acaricio hoja por hoja, voy desfilando sobre la venitas de cada verde diadema, cada protuberancia un universo que sentir. Las yemas de mis dedos no se detienen ni en la más mínima rama, no hay sector favorito, es todo, es el árbol completo que cuenta historias, es la energía que emana la raíz, no es la altura, ni los musgos, es la savia, el olor a madera y la humedad bajo sus ropas, es el sexo, la pasión y finalmente un dolor tenue que simula la explosión, como si un tronco hueco cayera. El árbol ha cedido, un poco más, pero no ha caído.
F.C.-
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