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De las cosas buenas de la vida, de ese pequeño espacio de la vida
tu chaleco blanco, tu olor amaderado, no de algún perfume, sino a ti.
Aroma a bosques, ese particular aroma que sólo guardaba tu cuello,
sólo el lado izquierdo, 
de las cosas buenas de la vida, tu boca, un refugio inagotable,
adoro tus besos fríos, luego de beber agua, luego de un largo tiempo
sin besarnos. Tu boca que es un mar profundo, donde mi lengua se sumerge
y donde dos peces juguetean, dos peces fríos. Sí es eso, es el mar en tu boca.
De las cosas buenas de ese breve tiempo, la eternidad de una tarde,
los paseos, las manos siempre bien juntas, sin mayor explicación. 
De las cosas buenas, recuerdo una mañana donde me encontraba 
tumbada en tu pecho, tal y como nos habíamos dormido, y la posibilidad
de enredar mi brazo en tu cuerpo tibio. La alegría y la maldad de despertarte
con un sonido tan nuestro, tan tierno, tan niño y comerte a besos.
De las cosas buenas mi favorita; el pan que tú me preparabas, no importa cómo,
con qué, simplemente el pan que tú me preparabas. 
Las buenas noches, las primeras largas buenas noches, esas más que mariposas
en el estomago; golondrinas de colores que chocaban con mis vísceras, 
la tranquilidad de tu abrazo, la única seguridad, la única meta inamovible
de nuestro amor eterno, de todo las cosas buenas de todo ese tiempo,
las canciones, las películas, las lágrimas, la dificultad de permanecer enojados,
la inevitable sonrisa al verte venir a lo lejos, la dificultad de olvidarte
y también la dificultad de dejarte, sí, también es una de las paradójicas cosas buenas,
más que de un breve periodo de tiempo, de la vida entera. 
De las cosas buenas de la vida, tú. Lo más puro y verdadero que he tenido. 




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Toda pedir lo imposible...

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