(…) Pero cada vez que leo un libro es como si el autor me robara algo, que pensaba que solo yo sabía.
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La ausencia paulatina de tu interés por mí, la falta progresiva de tus "buenos días", la elección egoísta de tu lejanía, fueron los que determinaron que no hiciera falta viajar a Macondo; bastaba besar tus labios para sentir cien años de soledad.
Ella llevaba una camisa ardiente, ella tenía ojos de adormecedora de mares, ella había escondido un sueño en un armario oscuro, ella había encontrado un muerto en medio de su cabeza...
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