"¡Pobre Ilusa!", pensó el narrador al relatar aquel párrafo de ese amarillento y gastado papel, empastado y apolillado. "Pobre mujer, enamorada y soñadora"... "si ella contemplara la escena como yo la veo, aquí en mi omnipotencia, si el narrador hubiera dispuesto los papeles de esta obra recobecada de otra forma, ella...Ella... no sería quien es, no miraría de la forma que miran sus ojos encascarados en llanto". El Dios literal quiso tocarla, pero ya su amargura de niña que acaba de descubrir súbitamente una falsedad viva hacía que poco a poco se desvaneciera ya estaba a punto de borrarse, pero el narrador; ese Dios que se esconde tras del Dios, volvió a marcar su pobre figura. Ella le miro suplicante, no quería ser más un ente muerto, no quería vivir inerte, si ya su corazón no latía... si ya no creía.
F.C.-
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